Rabito nació en el año 2002 en las proximidades de la estación Coghlan, en la Ciudad de Buenos Aires. Muy joven fue atacado por un perro y en ese trance perdió la cola. Tras recuperarse sin ningún socorro veterinario, su particular silueta comenzó a volverse familiar en el barrio, ya que a diferencia de otros felinos de la calle, él no permanecía en un sitio único sino que vagabundeaba por las manzanas circundantes. De ese modo ingresaba en los edificios a través de jardines y de garajes, trepaba cercados y muros, escalinatas exteriores desde cuyos descansos tenía una mejor perspectiva de la cuadra, árboles con el refugio de sus grandes huecos… Y todo ello (y los cruces frecuentes con perros o los esquives de las piedras arrojadas por esos dick heads de once o doce años en tránsito hacia el cazador y pescador imbéciles del futuro) y todo ello siempre con un andar regio, erguido, sin urgencias, como abstraído de cualquier cadencia de peligro — y con la mirada, al mismo tiempo, de quien no ignora que la vida del animal es en serio, que cada criatura —aun el león— tiene apenas nace a un león siguiendo su rastro.
A principios de enero de 2014, luego de una ausencia de más de diez días, se presentó en cierto edificio de la calle Estomba (donde recibía cada tarde su vianda) malherido y desfalleciente. Fue atendido en una clínica veterinaria y, luego de recuperarse y de intentarse sin éxito alguna adopción, alojado en la baulera del citado edificio, contigua a la terraza. Su adaptación fue exitosa y veloz, pese a que cada siesta los responsables de su cuidado lo acompañaban a dar un paseo por los lugares que él solía recorrer. Allí, en la espaciosa y bohemia baulera, encontró algo como un hogar; y un hogar sin las determinaciones y los signos de aquel que es primero hogar de humanos. Allí su aura, a salvo de ajenas interferencias, pudo conformar su más genuina entidad.
Alrededor de un año y medio después, comenzó a tener problemas en los ojos, que por un tiempo fueron tratados con unas gotas oculares; pero después se debió recurrir a la cirugía y a la extirpación. Con la dignidad serena de siempre, vivió su último año con un solo ojo (“mi ojo-luna-llena”, decía él refiriéndose al aspecto blanco que presentaba) y sin visión. Para ese entonces —en realidad, desde bastante antes— su vida era ya muy diferente. Los días de ajetreada subsistencia y de enredos promiscuos con felinas, el recuerdo, en verdad, de esas etapas turbulentas, se había ido desvaneciendo en una realidad muy distinta, en un plano con estratos abundantes de trascendencia intelectual y estética. Y es que guiado en esos años por quien lo había rescatado y cuidaba de él, había ido conociendo y asimilando la obra de poetas y escritores como Baudelaire, como Rimbaud, como Valéry y como Gérard de Nerval; como William Blake y como Emily Dickinson, cuyos poemas aprendió a recitar en inglés, según puede verse en el tercer video de Tetralogía de Rabito. Como Shakespeare, como Poe y como Whitman. Había visto, cuando aún podía, el cine de los grandes directores. Había escuchado además la música de Woodstock y a los grandes del blues (Stevie Ray Vaughan acabó por ser su favorito). Había probado ciertas bebidas, hasta optar por el whisky, del que ya no se apartó — y que lamentaba no haber conocido en su etapa anterior, para utilizarlo (según confesaba cuando se entonaba un poco) de manera creativa con las felinas.
Participó también en tres cortometrajes realizados por su mentor. Luego, en vista de la buena recepción obtenida por los videos, comenzó a prepararse un cuarto, que lo tendría ya solo a él como protagonista. Pero una complicación en el problema renal que lo aquejaba frustró el proyecto; solamente se conservaron unos segundos del primer y único intento de filmación. Allí se lo puede ver en su sitio preferido, rodeado de libros, con el vaso de whisky junto a sí y, en un costado, el retrato coloreado de Harriet Andersson (una de sus actrices predilectas) en una escena de Un verano con Mónica. Ello ocurrió el 27 de octubre de 2019 y el fragmento se reproduce como bonus track en el video aquí presentado. Días después se le tomaron algunas fotografías.
El 15 de noviembre de 2019, al atardecer, Rabito entornó por última vez su único y fascinador ojo lunar en una veterinaria de la Av. Cabildo.